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GUADALQUIVIR, CORAZÓN DE ANDALUCÍA
Por Juan de Dios Mellado

Tiene el río Guadalquivir 680 kilómetros de vida, desde que nace en la cañada de las Fuentes en el parque de Cazorla, hasta morir en Bajo de Guía, en aguas del atlántico, con Sanlúcar a un lado y Doñana en el otro. El río Grande de los árabes es el corazón de Andalucía. En su cauce, a una y otra orilla, se asentaron pueblos, nacieron culturas, se abrieron las puertas de las luchas guerreras, se amaron y se odiaron pueblos y, al rumor de sus aguas, se escribió la historia del pueblo más viejo de Europa, el andaluz.

Es un río que, cuando nace en Quesada, ni es río ni es nada. Tan modesto es que se tienen que juntar las aguas de siete fuentes, en una especie de cueva, para formar las primeras pozas donde los escribanos trazan pentagramas de agua y alguna rana despistada acecha al mosquito. Hay algunos pinos laricios que tapan el sol, viejas encinas que dan poco fruto, jaras y tomillo que luchan por sobrevivir a la dureza del invierno, mientras que los álamos blancos se visten ya con la pelusa que anuncia la primavera.

En la hondonada del valle, cuando apenas si ha recorrido nueve kilómetros, el Guadalquivir se precipita entre pequeñas cascadas, saltando de roca en roca, hasta formar reducidas pozas de aguas cristalinas y donde apenas si entran los rayos del sol, con helechos color esmeralda, juncales y mazos de cobrizas eneas donde, con suerte, a la caída de la tarde se puede escuchar el croar de solitarias ranas.

De las nieves del invierno y de las correntías que bajan por las quebradas del Parque de Cazorla, Segura y las villas, el Guadalquivir empieza a cobrar fuerza.

  Cuando llega al pantano de El Tranco se amansa, después de haber dejado regatos y meandros, con los chopos orillando el agua cristalina. El río Grande ya se siente fuerte y se adentra por una orografía que sobrecoge por su belleza entre masas forestales, una de las más grandiosas del sur de Europa. Tíscar, Hornos y Segura de la Sierra son pueblos que, una vez pasa el río, abre las compuertas para entrar en las tierras roturadas, con vergeles y huertas y algunos pequeños pantanos como el de Doña Aldonza donde las mimbres lloronas se miran en el agua y los carrizos y eneas sirven de paraíso natural para aves acuáticas, desde el pato cuchara, al porrón moñudo, garzas imperiales, y el calamón común.

Por estas tierras el Guadalquivir empieza a amamantarse de otros ríos menores que bajan de Sierra Morena y las lomas y los cerros se llenan de un mar de olivos, con el aroma permanente de la aceituna hecha aceite, mientras que desde las renacentistas atalayas de Úbeda y Baeza se imagina, más que se ve, el río que huye de los campos jiennenses, sin pena ni gloria, para abrigarse en los recodos de Montoro, donde las casas parecen asomarse a sus aguas Y si antes era el aceite lo que embriagaba el aire, ahora hay un ligero olor a vino joven, amontillado, que fermenta en viejas barricas en Montilla y Moriles.

SIETE FUENTES. El primer caudal del río que cruza toda Andalucía nace en la cañada de Las Fuentes, en Quesada, y hay siete fuentes que vierten muy lentamente sus aguas hasta un pequeño riachuelo que pronto se convertirá en el Río Grande que amaban los árabes. Fotografía realizada por J. Dominique Dallet.

En la margen izquierda del Guadalquivir se extiende un paisaje alomado cubierta por vastas extensiones de olivares azulados, entre los que despuntan los caseríos apiñados e intimistas de los pueblos, guardianes de, la historia y de historias impregnadas con el misterio de la leyenda, poco antes de entrar, sin ruido, en Córdoba para empaparse de la historia de los Omeyas; río sabio y culto, que se detiene, a los pies de la Mezquita, en los Sotos de la Albolafia, un oasis de fauna en pleno casco urbano.

Y fue así como lloraron sus aguas en los parterres, albercas y jardines de Mediza Azahara, con las almensillas y madroños vigilando la delicada arquitectura de lo que fuera palacio de verano y dejando la campiña cordobesa, con Almodóvar y Palma del Río, vigilantes de su lento discurrir, hasta recibir en su regazo, allá por Écija, las aguas del río Genil que nació en las vertientes de Sierra Nevada, su principal afluente que llega con la poesía de García Lorca, - y que yo me la llevé al río…- o el mensaje de las huestes cristianas, atrincheradas en Santa Fe y Loja, a la espera de que el rey moro Boabdil huyera de la historia, sin honor y sin su palacio rojo.

  Y así llega a Sevilla, se detiene en Triana, se recrea en el Arenal, se viste de luces en La Maestranza y en la Torre del Oro, con los reflejos del atardecer, parece como si llegaran los barcos de la flota de las Indias, cargados de oro y plata. Allí está Miguel de Cervantes cantando y contando un río que bebe en la historia, mientras que el Patio de los Naranjos, a los pies de la Giralda, sueña con placeres olvidados y en los Reales Alcázares se hace realidad el sueño mudéjar donde se abrieron rosas y cayeron los pétalos del amor en sus albercas.

Río vigilante, con veleros y barcos que surcan sus tranquilas aguas, con el compás del tres por cuatro como canto a la caída de la noche y un rumor de faralaes buscando el bajo Guadalquivir donde los arrozales,.sin cañas ni barro, recuerdan historias de despecho, de luchas jornaleras interminables, de caciques y latifundistas; de señoritos y jornaleros, sentados en el regato del río que ya sabe cerca su muerte, en las marismas, entre Sanlúcar y Doñana.

Guadalquivir. El corazón verde de Andalucía. Copyright © Todos los derechos reservados. Málaga 2008
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