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Tres Culturas
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Las edades de un río
Por Manuel Mateo Pérez

Cuando las primeras aguas se precipitan hasta un roquedal cerrado y umbrío, perdido en la aspereza de la sierra de Cazorla, el Guadalquivir es apenas un hilo que corretea entre pedregales y que aguarda el caudal de otras fuentes para cobrar un mínimo aliento de vida. El río recién nacido no intuye las aventuras que su descenso le deparará, ni sospecha las culturas que bañarán sus aguas, las ciudades que encontrará a su paso, los paisajes por descubrir, los cielos azules, algodonados y blancos que lo cubrirán, el olor de los bosques y las riberas, el dulzor de su juventud y la sal de su vejez. Como un resumen de aguas mínimas y serpenteantes, el Guadalquivir desciende con la ingenuidad y la confianza del que acaba de ver la luz por primera vez. Cauce abajo aguarda Andalucía.

En sus primeras edades, el río mayor de Andalucía está protegido por las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas que ejercen como una madre protectora y desprendida. El río encara su juventud por las tierras olivareras de Jaén, y alcanza su madurez cuando besa las orillas de Córdoba, la ciudad a la que debe sus primeros nombres y leyendas.
En Sevilla, el Guadalquivir es un río adulto y bebe los aromas oceánicos evocando episodios de hallazgos y descubrimientos, de suntuosas riquezas y de cantes de ida y vuelta. Ya rendido y longevo, sus aguas acabarán sin remedio en el delta salado que el Atlántico le abre entre Sanlúcar de Barrameda y las costas vírgenes de Doñana, invitándolo a una muerte serena y antillana, con alegres funerales trenzados con soles y olas añiles.


Estas aguas del Guadalquivir son las mismas en las que bebieron los poetas Jorge Manrique y Francisco de Quevedo en su retiro de Segura de la Sierra; las aguas que pasearon Francisco de los Cobos y Andrés de Vandelvira en la Úbeda del XVI; las aguas que cruzó Publio Cornelio Escipión durante la batalla de Baécula, allá por el siglo II antes de Cristo; las aguas en las que se inspiraron Séneca y Lucano en su Córdoba natal; las aguas donde Miguel de Cervantes halló el reflejo de la Sevilla opulenta y colonial; las aguas, en definitiva, donde los hombres escribieron algunas de las páginas más memorables de la historia del mundo.

De los libros escolares guardamos el recuerdo de aquella lección que nos enseñó el lugar donde el Guadalquivir nace. Sus primeros chorros aparecen en el paraje de la cañada de las Fuentes, a los pies del cerro Navahonda, a más de mil cuatrocientos metros de altura. En los meses de lluvia y primavera las nubes y el deshielo donan al río las aguas que los veranos calurosos le niegan. En ocasiones, en los primeros días de otoño el caudal es mínimo o está por completo seco en su superficie. Tiempo después, conforme los días pasan y los cielos vuelven a ser generosos, reúne sus fuerzas para volver a bullir en el abrigo de los altos y rectos cortados que le ven nacer, entre bosques prístinos, de pinos centenarios, sabinas, tejos y arces. Antes de que el Guadalquivir caiga hasta sus bosques galería las rocas lo perfuman con la Viola Cazorlensis, un narciso que florece entre fisuras, y que por abril y mayo desnuda sus aterciopelados pétalos.

 

En cierta ocasión el rey Felipe II se interesó por la situación estratégica de la sierra de Segura y preguntó a sus súbditos en qué reino habría que ubicarla. Uno de sus consejeros le contestó así: “Majestad, Segura no es de ninguno de los reinos de Murcia, Granada, Andalucía ni Toledo, porque está en mitad de todo”. El Guadalquivir abandona el parque natural tras remansarse en el pantano de El Tranco y trazar una afilada curva que resquebraja en dos la sierra de Las Villas. Los pueblos que se advierten desde las colas y las orillas del pantano forman parte de un territorio vasto, arrugado y recóndito donde hasta hace apenas unos años las nieves mantenían incomunicadas decenas de aldeas durante largas y frías semanas del invierno.
A la sierra de Segura el rey Fernando VI la declaró en 1748 provincia marítima. Por sus ríos estrechos y torrenciales bajaban los troncos largos de pinos centenarios que una vez en la serenidad del Guadalquivir eran transportados hasta los astilleros sevillanos donde su madera era tratada para la construcción de decenas de navíos que surcaron el Atlántico y atracaron a orillas de la América descubierta.

Úbeda y Baeza son dos emblemas de la historia en mitad de un inmenso océano de olivos. Esparcidas en el corazón de la provincia de Jaén, frente al valle del Guadalquivir y las azuladas montañas de Sierra Mágina, las ciudades más monumentales de la alta Andalucía parecen ancladas en el tiempo, paralizadas en un momento muy concreto de la historia en que el hombre, como centro del universo, consagró su vida a buscar la belleza en la cultura y el arte. Úbeda y Baeza representan el más vivo ejemplo del renacimiento humanista español. Sus calles y plazas son un testimonio directo del siglo XVI. Penetrar en ellas es viajar por el tiempo, en aquellas décadas en que Úbeda era el prototipo de la ciudad donde florecía la arquitectura privada y el poder civil, y Baeza la sede de una rica ingeniería pública, amparada por el clero y por una de las primeras universidades andaluzas.


Úbeda vio nacer a don Francisco de los Cobos, que llegó a ser secretario de Estado del emperador Carlos I y consejero personal de su hijo Felipe II. De los Cobos fue un príncipe del renacimiento. Su ambición, su apego por los nuevos vientos del antropocentrismo, sus aspiraciones a perdurar en la historia le llevaron a traer hasta su ciudad al arquitecto Andrés de Vandelvira, autor de la mayor parte de los edificios erigidos en la plaza Vázquez de Molina, una de las más bellas plazas públicas de Europa.
En ella, Vandelvira proyectó la sacra capilla de El Salvador del Mundo, el mausoleo civil más imponente de España donde descansa Francisco de los Cobos y su esposa María de Mendoza bajo un lema familiar que dice así: “La fe, el trabajo y la diligencia dan éstos y mejores frutos”.

nacimiento

SILENCIO. Nace el río Guadalquivir en la Cañada de las Fuentes sin ruido, quieto, en aguas frías. Mana el agua en regatos, en riscos y fuentes, casi como un hilo de vida. Cuenta la leyenda que, donde nace el río, una reina mora se convirtió en serpiente cantarina y que, desde entonces, mora en La Iruela.

 


El fragor del río, el murmullo de sus aguas limpias, su borboteo entre los cantos es la música que acompaña al Guadalquivir en su desplome. Los animales que beben en sus orillas y mordisquean el musgo que florece en las piedras de la ribera inspiraron muchos de los capítulos de la serie de televisión “El hombre y la tierra”, dirigida por el naturalista Félix Rodríguez de la Fuente. El parque natural de las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, el mayor pulmón verde de España, posee una ruta que lleva el nombre de aquel ecólogo y divulgador. Al igual que aquella primera lección infantil, aún retiene la memoria aquella célebre secuencia en que un águila real apresa con sus garras a un pequeño chivo en el paraje umbrío de los Poyos de la Mesa, muy cerca de donde el Guadalquivir nace. O aquellos dos venados que en una de las colas secas del embalse de El Tranco luchan y berrean por hacerse con las mejores hembras. Aquel rodaje se realizó muy cerca de donde el Guadalquivir asume las aguas del río Borosa, en uno de los parajes más inenarrables de esta región montañosa. Sus aguas dividen las serranías de Cazorla y Segura.

A los ríos siempre se les ha tenido como fronteras naturales, como límites legítimos donde empieza un territorio y acaba otro. El Borosa cumple esta función de consensuada frontera. Los serranos de Cazorla y Segura tienen plena conciencia de que este río separa, o mejor dicho, une sus tierras.


El Borosa, como tantos otros, nace con la certeza de que morirá pronto. El Guadalquivir lo embeberá cauce abajo, en el filo de un cerrado valle sombreado por olmos, sauces y avellanos donde a la caída de la tarde los jabalís bajan a beber ante la mirada atónita de los visitantes. El color de sus aguas hace del Borosa el más bello río del parque. Encajonado entre inexpugnables paredes de piedra, el río nace en el paraje de Aguas Negras, en unas alturas que observadas desde los pies producen vértigo. Hasta aquí llegan las nieves del invierno, y con el primer sol de la primavera el agua se precipita por calares y barrancos. El itinerario es una continua cuesta. De los setecientos metros se asciende hasta los mil cuatrocientos entre un paisaje idílico, inspirado en una ensoñadora fábula, donde el pino negro, el madroño, la zarzamora y el rosal silvestre perfuman el camino.

El Borosa también tiene sus afluentes. El más conocido es el arroyo de las Truchas, un sinclinal hendido en mitad del valle por donde descienden las aguas rápidas de lagunas perdidas donde hasta no hace mucho los habitantes de estas cortijadas aseguraban que vivía un centauro, mitad hombre mitad caballo, que vigilaba noche y día el sueño de una princesa presa de un hechizo.

 


Junto a El Salvador fue construido el palacio del Deán Ortega, convertido desde 1931 en el segundo parador de turismo de España. El palacio de las Cadenas, que en la actualidad acoge el ayuntamiento, es el más iluminado ejemplo de la arquitectura civil palaciega del renacimiento en España, al igual que el Hospital de Santiago, que se halla en la ciudad extramuros y que hoy presume en ser uno de los centros culturales más dinámicos de Andalucía.

Úbeda y Baeza, separadas por tan sólo ocho kilómetros, son dos ciudades muy distintas de aquellas otras que salpican la geografía andaluza. Se diría que tienen más que ver con la seriedad castellana, con su adustez y sobriedad que con la luminosidad que la tautología nos ha hecho creer ver en el sur. Baeza, además, es una ciudad tímida, íntima, poética. En ella, en la Antigua Universidad, impartió don Antonio Machado clases de gramática francesa entre los años 1912 y 1919. Se cuenta que paseaba todas las tardes por la plaza de la Catedral, a la sombra de su gran campanario, y que caminaba el laberinto de calles que hoy salen al paseo que lleva su nombre. Allí debió encontrar la inspiración para muchos de sus poemas, entre ese vacío difuso que separa el mirador de las montañas amoratadas de sierra Mágina, brumosas por los vapores que el río exhala en lo más profundo del valle, oculto por los campos de olivares, por los caseríos blancos, por el rumor de los labriegos a lo lejos.


Cerca de donde don Antonio dio clases, frente al palacio de Jabalquinto, se alza la iglesia románica de la Santa Cruz –la única muestra que Andalucía posee de este estilo arquitectónico norteño, tan impropio en tierra de sarracenos-. El palacio de Jabalquinto, que hoy es un centro universitario que recupera la tradición académica que la ciudad mantuvo en el siglo XVI, exhibe una de las más bellas portadas gótico isabelinas de Andalucía. Y cerca de él, entre las calles que suben y bajan por el seminario de san Felipe Neri, Baeza se desdobla, se enmaraña, se imbrica de tal modo que el caminante, aturdido y extasiado, cree pasear la ciudad medieval recuperada cinco siglos atrás, la misma que Vandelvira debió conocer cuando trabajó en el proyecto interior de la Catedral.

 

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Guadalquivir. El corazón verde de Andalucía. Copyright © Todos los derechos reservados. Málaga 2008
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