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Tres Culturas
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El Guadalquivir en la literatura
Por Cristina Mellado Morales

La tradición literaria, en todas las culturas, asocia la imagen del “río”, como metáfora reincidente, al fluir de la existencia y lo utiliza, también, como símbolo de fertilidad.

El río es vida y fecundidad. Vida abocada a la muerte, como bien afirmaba un gran poeta renacentista, Jorge Manrique, que en las “Coplas a la muerte de su padre”, probablemente pensadas o escritas en Segura de la Sierra, una población ligada estrechamente al curso alto del Guadalquivir: “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar a la mar/ que es el morir”… Y fecundidad, porque sus aguas discurren contagiando vida allá por donde pasan. Ambas imágenes pueden aplicarse al río Guadalquivir, en cuyas orillas se han levantado asentamientos de todas las civilizaciones que han ocupado Andalucía y cuyas aguas han inspirado a escritores de todas las épocas.

Una antigua leyenda castellana relatada por Gustavo Adolfo Bécquer, “La Promesa”, plasma lo que probablemente sintieron, pensaron, cantaron y dijeron los pobladores ribereños del Guadalquivir desde los remotos tiempos prehistóricos. La leyenda cuenta la historia de Pedro, caballero castellano al servicio del rey Fernando, que parte a la conquista de Sevilla, dejando a su amada Margarita con lágrimas en los ojos. En la despedida, le promete: “Voy a alejarme de ti; mas yo volveré después de haber conseguido un poco de gloria para mi nombre oscuro. El cielo nos ayudará en la empresa. Conquistaremos Sevilla, y el rey nos dará feudos en las riberas del Guadalquivir a los conquistadores. Entonces volveré en tu busca y nos iremos juntos a habitar en aquel paraíso de los árabes, donde dicen que hasta el cielo es más limpio y más azul que el de Castilla”. Efectivamente, al-Andalus, significa “el Paraíso” y Guadalquivir –“Wad-al-Kabir”– “el río grande de Andalucía”. Y no sólo los conquistadores castellanos aspiraron a vivir junto a él y a beneficiarse de su riqueza. La cultura ibérica debe su nombre a ese río: ibero significa “hijo del río”.

 

Así nace el gran río de Andalucía: apenas unos hilos de agua que brotan de las piedras de la Sierra de Cazorla, entre matorrales que los ocultan a primera vista. Pero lo que no se ve, puede oirse, según Antonio Machado, que en una sencilla soleá, describe con asombro el nacimiento de la vena caudalosa que recorre el territorio andaluz:

“Un borbotón de agua clara
debajo de un pino verde
eras tú. ¡Qué bien sonabas!

Ahí empieza su curso el cauce del Guadalquivir que, en sus primeros kilómetros, salva desniveles, salta torrenteras, se encaja en cañones cerrados, se remansa en pequeñas presas de aguas nítidas llenas de vida vegetal y animal, se hiela con formas caprichosas en días fríos, llena de verdor sus orillas que se levantan empinadas en su recorrido serrano, pasa bajo puentes de piedras centenarias, salpica con sus aguas al que se acerca a contemplarlo. Bien describen este tramo los versos de Federico García Lorca:

“Y el agua se pone fría
para que nadie la toque.
Agua loca y descubierta
por el monte, monte, monte.

La etapa serrana de su trayecto discurre con sobresaltos raudos y espumosos que transmiten, curiosamente, una serena belleza. La poesía de Góngora describe con exactitud esa fuerza natural del Guadalquivir, alimentado con las aguas del Borosa antes de aquietarse en el embalse del Tranco:

“Rey de los otros, río caudaloso,
que, en fama claro, en ondas cristalino,
toca guirnalda de robusto pino
ciñe tu frente, tu cabello undoso,
pues dejando tu nido cavernoso
de Segura en el monte más vecino
tuerces soberbio, raudo y espumoso.”.

poesia

POESÍA. Escrito está su nombre en los poemas de los más importantes escritores que dio Andalucía y de otros que no son de esta tierra pero que se sintieron atraídos por el Río Grande, como le llamaron por los árabes. Fotografía realizada por Felipe Crespo.

 

El nacimiento del Guadalquivir está descrito, en una lápida de piedra en la Cañada de las Fuentes, por los endecasílabos de los hermanos Álvarez Quintero:

“¡Detente aquí viajero! Entre estas peñas
nace el que es y será Rey de los ríos
entre pinos gigantes y bravíos
que arrullan su nacer y ásperas breñas”.

Mucho antes, Francisco de Quevedo, grande entre los grandes, describe en pocos versos no desprovistos de ciertos artilugios barrocos, la sencillez con que avista la luz la corriente nítida del río:


“Naces Guadalquivir de fuente pura
donde de tus cristales leve el vuelo
se retuerce, corriente por el suelo
después que se arrojó por peña dura”

  Deja las sierras el Tharteso de Rufo Avesto, el primer escritor que en 160 versales describe míticamente su corriente; el Betis de los romanos y el Guadalquivir de los árabes, poetizado por Gerardo Diego:

“Canta que canta el Betis su sempiterna copla
en latín y ladino y rabino y arábigo”.

Cervantes, genial en su vida y en su obra, no escapa al embrujo del río y en el “Canto a Calíope”, incluido en el libro sexto de su novela pastoril “La Galatea”, lo sobrevalora comparándolo con los grandes ríos míticos de la literatura pastoril:

“Puedes, famoso Betis, dignamente
al Mincio, al Arno, al Tiber aventajarte
y alzar contento la sagrada frente
y en nuevos y anchos senos dilatarte:
pues quiso el cielo que tu bien consiente,
tal gloria, tal honor, tal fama darte...”.

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Guadalquivir. El corazón verde de Andalucía. Copyright © Todos los derechos reservados. Málaga 2008
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